Crimen sin castigo, de Vicente Fernández Saiz
Un relato que dialoga con Dostoievski. SÍNTESIS
El título no es un guiño casual. Crimen sin castigo convoca desde sus primeras palabras la sombra de Crimen y castigo, y lo hace con plena conciencia literaria: dentro de la historia, un ejemplar de la novela de Dostoievski es la pieza clave que desencadena todo. El narrador —un hombre urbanita, algo gruñón, casado con María— acompaña cada verano a su mujer y a su suegra, enferma de demencia senil, al pueblo familiar. Un día, vaciando el desván, aparece una caja de madera. Dentro, papeles viejos, ese libro encuadernado en granate y oro... y una cuartilla manuscrita doblada entre sus páginas. En ella, alguien confiesa, con la culpa de Raskólnikov pero sin su valentía, haber causado la muerte de una joven llamada Leonor.
A partir de ese momento el relato se convierte en una pequeña novela de misterio contenida en pocas páginas. ¿Quién firma con las iniciales F.P.? ¿El suegro fallecido, Félix Pacheco? ¿O alguien más cercano, cuyo cuerpo consumido podría ser el de quien lleva décadas cargando en silencio con una culpa irreparable? Vicente construye la intriga con mano firme, distribuyendo las pistas con la precisión de un relojero: una medalla en el lomo de un libro, unas clavelinas blancas siempre frescas sobre una tumba, un anillo con una inicial, una dedicatoria que lo cambia todo en la última línea.
El jurado destacó su construcción narrativa y su capacidad para mantener la atención del lector hasta el desenlace. Pocas virtudes son más exigentes en el cuento, y pocas se dan con tanta naturalidad como en este texto.
Me alegra enormemente este reconocimiento. Vicente es de esos escritores que trabajan la palabra con rigor y con paciencia, sin urgencias ni aspavientos. Que un relato titulado Crimen sin castigo gane el Max Aub en su edición número cuarenta tiene algo de justicia poética: la literatura, cuando es buena, también imparte su propia justicia.
A.C.V. — Abril de 2026